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La Habitación TortugaLaboratorio de IA · Sin prisas
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Tuve a los profesores que todos piden, y sus clases estaban vacías

El diagnóstico habitual dice que a la universidad le faltan profesores con experiencia real. Yo los tuve, y a sus clases no iba casi nadie. El motivo dice más sobre cómo está construida la universidad que cualquier queja sobre el temario.

Por Javier Carreira

8 min

Pocas instituciones reciben hoy tantas críticas como la universidad. Se discute en titulares y en sobremesas si el título sigue valiendo lo que cuesta, varias empresas tecnológicas han retirado la exigencia de un grado para muchos de sus puestos, y crece el número de personas que cuentan que aprendieron lo que de verdad usan en su trabajo fuera del aula. En el fondo de casi todas esas conversaciones late el mismo reproche: la universidad forma a todo el mundo como si fuera a dedicarse a la investigación, cuando la inmensa mayoría de los estudiantes terminará trabajando en una empresa. Uno sale de la carrera con la cabeza llena de teoría y llega a su primer empleo sin saber muy bien por dónde empezar.

Es una crítica razonable y, en buena medida, acertada. Pero se queda corta. Lo escribo desde una posición algo particular: estudié ingeniería aeroespacial y hoy trabajo en inteligencia artificial, rodeado de gente que llegó hasta aquí por caminos de lo más dispares. Y mi experiencia apunta a un problema más incómodo que el de la falta de profesores conectados con el mundo laboral. El problema aparece, precisamente, cuando esos profesores están delante y aun así el sistema no permite aprovecharlos.

Profesores con un pie en la empresa

Cuando estudiaba ingeniería aeroespacial tuve, en contra de lo que suele asumirse, varios profesores que trabajaban de verdad en el sector y daban clase al mismo tiempo. Eran, sobre el papel, exactamente lo que se reclama cuando se acusa a la universidad de vivir de espaldas al mercado laboral: gente con experiencia real, capaz de explicar cómo funcionan las cosas fuera del aula.

Y sin embargo, a sus clases apenas iba nadie. No por una mala racha puntual ni por desinterés hacia la materia, sino de forma sistemática. Conviene detenerse en por qué, porque las razones no tienen que ver con la pereza de los alumnos ni con la incompetencia de los profesores.

Por qué nadie iba a clase

El primer motivo es que esos profesores estaban obligados a impartir un temario cerrado. Por mucho que conocieran el sector mejor que cualquiera en la sala, no podían dedicar la hora a contarlo: tenían un programa que cumplir y un examen al que llegar en una fecha concreta. Lo más valioso que tenían para ofrecer, su experiencia, no encajaba dentro de los límites de la asignatura.

El segundo motivo es la otra cara del primero. Como su actividad principal estaba en la empresa y no en la facultad, tampoco eran necesariamente los más afinados con ese temario concreto y ese examen concreto. Y resulta lógico: su carrera, sus ingresos y su reputación dependían de su trabajo fuera, no de preparar al detalle una clase para una prueba que probablemente ni ellos aprobarían sin repasar. Dedicar horas a pulir ese examen habría sido invertir esfuerzo donde menos retorno tenía para ellos.

El resultado es que su clase no funcionaba en ninguno de los dos planos que le importan a un estudiante. No servía como ventana al mundo real, porque el temario no lo permitía, y tampoco como preparación eficiente para el examen, porque no estaba optimizada para eso. Quedaba en una tierra de nadie.

Un sistema que mide y premia otra cosa

Ante una hora que no aporta ninguna de las dos cosas, la decisión de un alumno medio es quedarse en casa o en la biblioteca trabajando por su cuenta el tipo de ejercicio que sí va a entrar en el examen. No es una elección perezosa, sino de pura supervivencia dentro de la estructura en la que está metido.

Esa estructura inunda al estudiante de prácticas, trabajos, parciales, laboratorios y exámenes, y deja muy poco margen para lo demás. En ese contexto, a la mayoría lo que le importa es aprobar y obtener la mejor nota posible, sencillamente porque es lo único que el sistema mide y recompensa. Cualquier otra cosa —incluido escuchar a alguien que lleva años trabajando en el sector— compite en clara desventaja frente al siguiente examen del calendario.

Mirado de cerca, vaciar esa aula es una respuesta coherente. El estudiante está optimizando precisamente aquello que el sistema le pide que optimice. El problema no es su criterio, sino lo que el sistema ha decidido convertir en relevante.

Un fallo de diseño, no de personas

Aquí está el matiz que el diagnóstico habitual pasa por alto. La conclusión fácil es que faltan profesores con experiencia real. Lo que yo viví fue más sutil y más difícil de resolver: cuando esos profesores existen, el sistema impide aprovecharlos.

Y lo llamativo es que en esta historia no hay un culpable. El profesor cumple su temario porque está obligado a ello, y no prioriza la docencia porque sus incentivos están en otra parte. El alumno se marcha a la biblioteca porque se le evalúa por la nota. La facultad organiza todo alrededor de lo que sabe medir: créditos, aprobados, tasas de éxito. Cada uno actúa de manera sensata desde su posición, y el resultado agregado es un aula vacía con la persona más útil de pie frente a la pizarra.

Cuando un sistema produce un mal resultado pese a que todos sus participantes se comportan de forma razonable, el origen del problema no está en las personas. Está en el diseño que las coloca a todas en esa situación.

Los límites de las reformas

De ahí mi escepticismo hacia las soluciones que se proponen una y otra vez: más prácticas, una nueva reforma del plan de estudios, contenidos actualizados, más convenios con empresas. Son ajustes sobre un formato que ya ha dado de sí lo que podía dar.

El formato sigue siendo, en lo esencial, el de hace dos siglos: clase magistral, temario cerrado, examen y nota. Se le pueden añadir prácticas y modernizar los contenidos, pero la lógica de fondo no cambia. El alumno continúa optimizando la calificación y el conocimiento más valioso continúa sin caber donde se evalúa. Se sustituye el relleno, no la estructura.

Una solución de fondo obligaría a repensar la universidad desde los cimientos: qué se supone que debe hacer, qué evalúa y qué premia. No un retoque, sino un cambio de formato completo. Y conviene ser realista al respecto: algo así no va a ocurrir en décadas. Las instituciones grandes y antiguas no se reinventan, se reforman muy despacio. Quien estudia hoy va a pasar por el sistema que existe, no por el que cabría desear.

Para qué sirve entonces la universidad

Nada de esto convierte a la universidad en algo inútil. Lo que sugiere es que conviene entender para qué sirve realmente, que no coincide del todo con aquello para lo que dice servir.

La universidad proporciona un título, que en las profesiones reguladas es obligatorio y en el resto opera como una señal reconocible. Aporta una estructura y unos años para madurar, una red de personas con las que uno se reencontrará a lo largo de su carrera, y una base de conocimiento, a veces desordenada, sobre la que después se construye. Todo eso es real y tiene un valor que no conviene despreciar.

Lo que cada vez ofrece menos es justo lo que su propio relato promete: preparar para el trabajo que uno va a desempeñar. Y esa carencia pesa hoy menos que nunca, porque la alternativa nunca ha estado tan a mano. Lo que antes exigía un buen profesor, una biblioteca a la que peregrinar o un mentor difícil de encontrar, ahora cabe en herramientas que cualquiera tiene a un clic. La inteligencia artificial ha llevado eso un paso más allá: un asistente que te explica un concepto, te corrige un ejercicio y se adapta a tu ritmo se parece bastante a ese profesor con experiencia que sí podría dedicarte la hora entera, sin temario que cumplir ni examen al que llegar. Aprender por cuenta propia ha dejado de ser una hazaña de disciplina para convertirse en algo ordinario, y eso cambia el cálculo de lo que de verdad vamos a buscar a la facultad.

Lo veo a diario en mi propio trabajo. En inteligencia artificial coincido con gente que estudió cosas tan distintas como ADE, física, telecomunicaciones, antropología o ciencias políticas, y con alguno que ni pisó la universidad. Todos terminan haciendo un trabajo parecido, y lo que les ha llevado hasta ahí no es el contenido de su carrera, sino criterio, curiosidad y la costumbre de aprender por su cuenta lo que el momento exige. El título marcó por dónde entraron; no lo que saben hacer hoy.

Tiene sentido, por tanto, tomarse el paso por la universidad como lo que es: un trámite largo y exigente por el que hay que pasar para obtener las cosas que sí proporciona, sin confundirlo con el lugar donde realmente se aprende. Aquella aula vacía, con el mejor profesor disponible explicando a un puñado de sillas, resume bien la cuestión. Lo más valioso rara vez está donde el sistema indica que hay que mirar.

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